Talleres que huelen a castaña, resina y leche tibia
Las experiencias comienzan con un saludo sencillo y manos lavadas. Se hila, se amasa, se talla. Cada gesto se acompaña de contexto: por qué esa fibra, a qué altitud madura tal corteza, cuándo la levadura respira mejor. Al final, se comparte un bocado y se invita a valorar el tiempo humano detrás de cada objeto. Muchos regresan, convertidos en aliados pacientes y entusiastas.